Pedro de Céspedes y del Castillo

Pedro de Céspedes y del Castillo, nacido el 31 de enero de 1825, era el hijo menor de Jesús María de Céspedes y Luque y de Francisca de Borja del Castillo y Ramírez de Aguilar. Don Chucho y doña Borja, como eran conocidos generalmente en Bayamo, eran personas estimadas en aquella vieja ciudad. Sus hijos fueron Carlos Manuel, Francisco Javier, Pedro María, Ladislao y Borjita. De ellos Ladislao murió joven, Carlos Manuel y Pedro murieron durante la Guerra de los Diez Años en el campo revolucionario, Borjita murió en la pobreza y el exilio (en Jamaica), y sólo Francisco Javier sobrevivió a la Guerra del 68. Carlos Manuel y Francisco Javier llegaron a ocupar la presidencia de la República de Cuba en Armas.

Pedro de Céspedes se casó en primeras nupcias con Ana Tamayo y Tamayo. De ésta cuentan las leyendas familiares que era la muchacha más linda de Bayamo, razón por la cual cuando, a mediados del siglo, se renovó en la iglesia Mayor la capilla de la Virgen de los Dolores, las manos y el rostro de Ana Tamayo sirvieron de modelo para la confección de la nueva imagen de la “máter dolorosa”. Esta capilla – y la imagen en cuestión- aún se conserva, pues fue la única porción de la iglesia que escapó al incendio de la ciudad por el Ejército Libertador.

Del matrimonio de Ana Tamayo y Pedro de Céspedes nacieron Adolfina, Herminia, Carmita, Jesús ("Chucho") y Leonardo. Este último murió de viruelas en el exilio de Jamaica; Carmita y Chucho durante la Guerra del 95 – ella loca y él tuberculoso. Sólo Herminia y Adolfina lograron ver la República que tantos sacrificios había representado para la familia de ambas.

Ana murió muy joven, y Pedro casó en segunda nupcias con Joaquina Lastre. Poco antes del estallido del 68, había ido a establecerse en la hacienda comunera de Manaca y había abierto una tienda en el lugar conocido po "La Caridad".

Incorporación a la Lucha
El 9 de octubre de 1868, siguiendo indicaciones de su hermano Carlos Manuel, Pedro se alza y, con toda la familia, se dirige hacia la Sierra Maestra. Pocos días después, en Nagua, ambos hermanos se reúnen y ocurre la fusión de sus respectivas fuerzas.

En 1871 por las urgencias del hambre y la necesidad, Pedro se vio forzado a tomar una desesperada decisión: las mujeres y los niños de la familia debían ser entregados al enemigo. Sólo así escaparían a la muerte por inanición. Situados junto a un camino real por donde debían pasar tropas españolas, cayeron prisioneros y finalmente fueron a dar al exilio jamaiquino.

Meses después, a fines del mismo año, Carlos Manuel envió a Pedro de Céspedes, en compañía de los coroneles Luis Pacheco y Pío Rosado, en misión confidencial ante Francisco Vicente Aguilera, que se encontraba en Nueva York. También llevaban el encargo de entregar a la viuda de Perucho Figueredo la empuñadura de la espada de éste a Ana de Quesada, esposa del presidente Céspedes, la célebre abanderada de La Demajagua.

El estado de salud de Pedro de Céspedes era crítico en esta época. Fue esa seguramente una poderosa razón para que su hermano le incluyera en dicha comisión. La ruta de salida era a través de Jamaica. Siempre existió, de modo más o menos regular, una especie de servicio de “correos” entre Oriente y la isla cercana.
 
Pero Pedro de Céspedes no pudo cumplir la misión a él encomendada. Se agravó de tal modo su enfermedad que los coroneles Pacheco y Rosado decidieron dejarlo en Jamaica y marchar ellos solos a Nueva York a cumplir su cometido.

Los cuidados familiares, y la alegría de reunirse con su familia, mejoraron lentamente la precaria salud de Pedro, que permaneció en Jamaica todo el año de 1872 y parte de 1873. Pero lo agitaba una gran inquietud de espíritu.

En un esfuerzo supremo decidió marchar a Cuba. Fue uno de los expedicionarios que el 24 de octubre de 1873 salieron de Kingston, rumbo a Cuba, en la malhadada expedición del “Virginius”.

El 27 de octubre esta hizo una escala en Port Au Prince a recoger una buena cantidad de armas, ropas y medicinas; pero una serie de peligrosas imprudencias pusieron la operación en conocimiento del cónsul español, por lo cual tuvieron que abandonar precipitadamente el puerto haitiano al día siguiente.

El día 29 salía de Santiago de Cuba el “Tornado”, buque de guerra español al mando del comandante Dionisio Castilla, que avistó al “Virginius” el 31. El barco expedicionario puso proa a Jamaica y después de haber lanzado al mar la parte más comprometedora de su cargamento (las armas), trató de ganar más velocidad avivando sus fuegos con tocino, jamones y toda clase de grasa.

Finalmente, comprendiendo que no era posible escapar, el capitán Fry decidió entregar el barco, confiando en que su nacionalidad estadounidense y la bandera del mismo país, que cobijaba la nave, así como el hecho de encontrarse en aguas internacionales y con sus papeles en regla para viajes a Puerto Limón, eran factores más que suficientes para garantizar la seguridad del barco, tripulantes y pasajeros. Sin embargo, el oficial español Ángel Ortiz Monasterio, encargado del cabotaje, procedió sumariamente a arriar la bandera de los Estados Unidos para izar en su lugar la española, y condujo el buque capturado a Santiago de Cuba.

El 2 de noviembre, 102 prisioneros (expedicionarios cubanos) fueron conducidos a la cárcel de esta ciudad. Entre ellos los había de 15, 16 y 17 años, y hasta de solo 13. Esto no impidió que, sin excepción, fueran todos sometidos a consejo de guerra acusados de piratería. Los tripulantes del buque, estadounidenses en su mayoría, quedaron prisioneros a bordo de varios barcos, y fueron casi condenados a muerte, sin que se aceptaran, ni constaran en acta, las protestas del capitán Fry.

Inútiles resultaron las gestiones del cónsul norteamericano, a quien se le impidió visitar a los prisioneros y hasta se le estorbó la comunicación telegráfica.
 
El responsable principal de las ejecuciones fue el brigadier español Juan Nepomuceno Burriel, que en aquellos momentos comandaba la plaza de Santiago de Cuba; quien en todo momento su actuación tuvo el respaldo y la aprobación del entonces Capitán General de Cuba, general Joaquín Jovellar. El Gobierno de la República Española, por otra parte, no estuvo de acuerdo con lo sucedido; pero tuvo que insistir mucho para lograr que, más tarde, sus orientaciones fueran aceptadas por las autoridades insulares. Fue entonces cuando Castelar empleó su famosa frase de que se pretendía hacer a Cuba “más española que España”.

El día 3 de noviembre, el brigadier Burriel se entrevistó con Pedro de Céspedes, tratando de convencerlo de que se dirigiera a Carlos Manuel, a quien se le ofrecería la vida e su hermano y del resto de los expedicionarios a cambio de que se presentara. Con tranquila dignidad rechazó Pedro la propuesta que, jamás habría aceptado Carlos Manuel quien en ocasión anterior y en circunstancias parecidas, acató con entereza la inmolación de su propio hijo Oscar.

Los fusilamientos comenzaron el 4 de noviembre, a la seis de la mañana. Los primeros en morir fueron los más destacados expedicionarios: Pedro de Céspedes, Bernabé de Varona (Bembeta), Jesús del Sol y Washington O´Ryan. Mandaba el piquete de fusilamiento el coronel Antonio Norma.

El capitán Fry logró finalmente entrevistarse con su cónsul y darle todos los detalles del caso, lo que no impidió que fuese fusilado junto a otros 36 miembros de su tripulación, el día 7. Al día siguiente continuaron los fusilamientos, y hubieran proseguido hasta el último de los prisioneros de no ocurrir, el propio día 8, la inesperada llegada al puerto santiaguero de la fragata “Niobe”, de la marina británica.

La intervención oportuna e inesperada del comandante británico salvó la vida al resto de los expedicionarios que, más tarde – y por gestión del cónsul de los Estados Unidos -, fueron puesto en libertad. Con esto y la devolución del barco se dio por satisfecho el gobierno de Estados Unidos.

Más tarde, tras una serie de incidentes diplomáticos, en el desarrollo posterior de los acontecimientos, los Estados Unidos llegaron a aceptar el punto de vista español hasta tal grado que el Virginius fue devuelto a España, aunque extrañamente naufragó en su viaje de regreso. Manuel Márquez Sterling juzga el suceso como una maniobra de la “diplomacia oscura” del secretario de estado norteamericano, el viejo enemigo de los cubanos, Hamilton.

Ante el paredón de fusilamiento, con serena dignidad y sencillez altiva, terminó la vida de Pedro de Céspedes el 4 de noviembre de 1873 en Santiago de Cuba, Oriente de Cuba.

 

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