Adriana del Castillo Vázquez

Nació en 1849, sin que se haya podido precisar mes y día. Hija primogénita del abogado Francisco del Castillo Moreno y Doña María de la Luz Vázquez y Moreno. Creció en un hogar donde los sentimientos patrióticos de amor acendrado por la independencia de la patria constituían elemento esencial de la educación que se les inculcaba a los niños.

Pertenecía a la Sociedad Filarmónica, donde el sentimiento nativo era observado con exagerada exactitud, relacionada por lo mismo con las principales figuras del movimiento revolucionario que se fraguaba, su amor a la independencia de la isla rayaba en el fanatismo. Sus actividades eran insuperables, nadie, ni aun los propios conspiradores, le igualaban. Conspiraba de forma pública, en todas partes, sin cuidarse de nadie, ni siquiera de las propias autoridades.
Ésta intentaba inculcar entre sus amistades y a todo que estuviese dispuesto a escucharla, su propio amor a la patria y el derecho de los cubanos a rebelarse para lograr su soberanía, alimentando la sagrada chispa de la rebeldía, arengando a las mujeres, comprometiendo a sus amigos jóvenes, sirviendo de enlace entre los colaboradores. Esta labor de Adriana a la que se había dispuesto voluntariamente llega a conquistar la admiración de los patriotas e incluso del propio José Vicente Aguilera, que deposita en ella su confianza.

Éste festeja con entusiasmo la conquista de Bayamo por los patriotas, el 20 de octubre de 1868. Adriana realiza labores de enfermera junto a sus hermanas Lucila y Atala. Después de la quema de Bayamo, en enero de 1869 marcha junto con su familia a la Sierra Maestra, a lo más intrincado de los montes de Guisa. Levantan un bajareque de cujes, con techo de hierba de guinea, alimentándose de raíces silvestres y frutas, y haciendo fuego a la manera de los indios. Son sorprendidos por una patrulla española el 22 de enero de 1870. La humedad, la mala alimentación, el frío y los insectos las habían destruido físicamente. Adriana sufría la fiebre tifoidea y Lucila estaba tuberculosa.

Trasladadas a Bayamo por el deplorable estado físico y de salud en que estaban, son sometidas a prisión domiciliaria. Allí en las ruinas de su hogar y en lo único que quedó en pie, la caballeriza, el jefe de la plaza autoriza al médico militar para que les prestara atención a las mujeres, mas Adriana no lo permitió. El galeno intentó otra visita, más Adriana lo recibió de pie, sudorosa, débil y afiebrada, y sujeta a la cabecera de la cama cantaba el Himno Nacional de Cuba. Fallece a fines de enero de 1870. Así la patria perdía a una joven entusiasta y ardorosa por el ideal de la libertad.

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