Un Manzano con el pecho encendido

Llevaba oyéndolo apenas diez minutos y ya mi pensamiento buscaba la manera de aplicar aquellas enseñanzas y ser digno de ellas. He aquí un genuino Magister, me dije, y me entregué de lleno al regocijo que me invade cuando aprendo algo nuevo, cuando estoy en contacto con uno de estos seres magníficos ante los cuales la inteligencia vibra y se desata, pues han hecho del acto de enseñar un arte inimitable.

Yo había pasado la madrugada en vela, intentando dar orden y concierto a un grupo de entrevistas para formar un libro, sin sospechar que el orden verdadero de esas páginas y acaso, también, su plenitud, latían únicamente en la voz del Magister, cuya enfática magia desgranaba saberes y metáforas ante un público absorto.

 ¿El Magister?: Roberto Manzano. ¿El motivo?: una conferencia sobre cómo “armar” libros de poesía. ¿El contexto?: el evento literario Orígenes. ¿El lugar?: una librería de Contramaestre. ¿Los absortos?: un buen número de soñadores jóvenes: poetas, narradores, pintores… y sus combinaciones infinitas.

Aquel día —da gusto confesarlo— fui feliz. ¡Aprendí tanto! Pero lo más gratificante fue que me puse en paz con mucho de lo que ya sabía o sospechaba. Al contacto con la sabiduría palpitante, se afianzaron en mí viejos amores, se izaron estandartes y orgullos, huyeron dudas tristes y nacieron certezas. Una de ellas, acaso cardinal, bautizó dignamente aquel librito mío: Conversar es amar. Si alguien tuviera dudas de esta clara verdad, sigan el resultado de esta conversación.

 Maestro, le escuché decir que tardó 23 años para publicar su primer libro de poesía. ¿Fue elección personal?

 No. Fueron las circunstancias; algunas de tipo material y otras más complejas, relacionadas con la creación poética. Entre las primeras destaca el hecho de que en aquella época existían en Cuba solo dos editoriales: Unión, de la Uneac, y Letras Cubanas, en las cuales era muy difícil que me aprobaran un libro, pues no pertenecía a la Uneac, vivía en Ciego de Ávila y, lo más importante y acaso de veras excluyente, tenía una estética que en ese momento no era la dominante. Ello no impidió que mandara a concursos y presentara libros a esas editoriales. ¡Pero nunca tuve éxito de ningún tipo! Entonces, traté de sobrevivir apelando a recursos de tipo psicológico, íntimos: editaba yo mismo mis libritos, uno, dos, tres… para tener la sensación de que esos ciclos se iban cumpliendo, puesto que no tenía una verdadera salida social. Así pude seguir escribiendo, porque me sobrepuse psicológicamente a esas circunstancias y reuní muchos cuadernos de poesía inéditos. Más de dos décadas después de “armar” mi primer libro, cuando hubo un cambio de sensibilidad en el país, una apertura estética mayor, logré publicar, y publicado el primero, me pidieron otros muchos. Afortunadamente, tuve para ofrecer, pues los había acumulado. Como ves, aquellas circunstancias adversas no lograron anular, truncar o asfixiar mi trayectoria creadora, pues la sostuve desde el silencio, a través de un grupo de amigos y de mucha tenacidad personal. Con frecuencia, mucha gente que tuvo problemas parecidos, le da un tinte político. En el caso mío no fue un problema político, sino estético, de mirada sobre qué es la poesía, cómo hay que hacerla, dónde hay que poner el énfasis de la mirada artística, es decir, fue un problema de postura ante la creación.

 Pero asistida por una vocación poética de veras poderosa… ¿De dónde viene?

 Bueno, es increíble, porque en términos de descendencia cultural —soy hijo de campesinos, de un comunista, perseguido durante la república—, no había en mi familia abogados, profesionales, maestros, nada. El primer libro que se llevó a mi casa lo llevé yo. Entonces… ¿de dónde viene esa vocación? Viene del costado oral de la poesía, porque sí había decimistas en la familia, no porque escribieran décimas propiamente dicho, sino porque se sabían centenares de memoria, y las recitaban o cantaban. Mi propia madre creaba algunas en honor a la Virgen de la Caridad; y sabía de corrido las novelas en décimas de Chanito Isidrón. Por ahí entonces, por la vertiente popular, me entró a mí el demonio de la poesía. Eso se lo agradezco enormemente a la vida; porque en la evolución de la creación poética, lo popular está primero, y lo que llamamos poesía culta, después, lo que llamamos poesía escrita está después de la poesía oral, lo que llamamos autor, está después del héroe anónimo, del juglar. Entonces, en términos de evolución literaria, di primero con lo primero, de modo que tuve una evolución natural.

…Mas, en verdad, la vocación es un misterio, y ponerse a explicar cómo una vocación se apodera de uno, es muy difícil, pues tiene elementos que son irracionales. Pero algo es indudable: las vocaciones arrasan con la personalidad. Precisamente la palabra vocación quiere decir “voz”, oír una “voz”. Aquel que tiene una vocación oye una voz que lo convoca imperiosamente hacia una actividad determinada. Al poeta alemán Goethe le preguntaron una vez qué era tener talento; y él respondió: “Tener talento es ser productivo”. El que tiene algún talento especial siempre produce orientado hacia esa dirección. Eso es vocación pura. Muchas veces las vocaciones nacen de alguna pregunta existencial con la que interrogamos al destino, por ejemplo, las célebres que se formula la especie humana: ¿De dónde venimos, quiénes somos, hacia dónde vamos? El poeta se hace preguntas de esa naturaleza y de ese tamaño, pero sobre su propia vida, las personaliza; y en la búsqueda de una respuesta que nunca encuentra, testimonia su angustia, su búsqueda, sus hallazgos y sus exploraciones, y cada testimonio es un poema, porque lo hace con el lenguaje de la poesía, tal como lo ve en su interior, a través de imágenes.

 Además de su vocación poética, ha hecho usted honor a la frase martiana: “Y me hice maestro, que es hacerme creador”.

 Es cierto. Durante veintiocho años ejercí como profesor de Literatura en varios niveles de enseñanza. Eso me dio la oportunidad de educarme. El mejor alumno que tuve durante todos esos años fui yo mismo. Obtuve una instrucción que de otra manera no hubiera tenido; porque cada pregunta que me hacía en el terreno literario, con frecuencia tenía que impartirla en los programas y entonces me veía obligado a investigar, a ordenar el conocimiento y adecuarlo para explicarlo a los demás. Fenómenos que inicialmente habían sido complejos para mí, yo los trasmitía de forma sencilla, pues la gente no conocía el proceso íntimo que le había dado a lo que es conocimiento puro. En otras palabras, trataba de “levantar” el saber de los libros, para que no tuviera sabor libresco y para lograr una comunicación prístina; pues para un maestro —al menos ese es mi principio pedagógico esencial— la comunicación es lo primero. Si la clase se convierte en un acto comunicativo, en el que tal vez no hay proyectores, ni diapositivas, ni láminas, ni posters, pero hay un ser humano que tiene una experiencia interesante que comunicar y lo hace con racionalidad y emoción, y trata de no solo explicar sino también de conmover, entonces sí se logra el objetivo de enseñar. Ese acto comunicativo es el primer recurso pedagógico.

 ¿Y sus maestros, quiénes son?

Tengo muchos. La vida de cada persona transcurre en un aula invisible, con una peculiaridad: hay un solo pupitre, el suyo, y tiene a su alrededor un coro de maestros. Es decir, se invierte la estructura cotidiana de la pedagogía. El poeta tiene muchos maestros, y es más grande en la medida en que junta mayor multitud de ellos a su alrededor. Los maestros, como sabía Quevedo, pueden estar muertos, que de todas maneras le siguen impartiendo conversación y diálogo, y en muchas ocasiones, es mejor que ese ser humano, sentado en su pupitre íntimo, converse con los muertos, con los grandes muertos, porque así tiene la posibilidad de ver cuántas respuestas de carácter sublime han existido. Entonces, en la medida en que el diálogo se levante, sea excepcional y hable con mayor número de voces, más rico es el creador.

 ¿Qué voces están, pues, alrededor de Roberto Manzano?

 Martí, en primer término, la Biblia, Whitman, Antonio Machado, Saint John Perse… muchos, en verdad. El listado es enorme, y tiene las siguientes características: los releo continuamente; pues los que son maestros eventuales uno los lee y después va envejeciendo y no vuelve a hacerlo. Pero los maestros capitales de una persona son alimento y levadura permanente hasta la muerte.

 Nada más cierto, digo; y pienso en algunos de mis libros sin sueño, siempre a mi cabecera, algunos de los cuales puedo leerlos ya con los ojos cerrados. Allí, Martí también ocupa el primer puesto. ¡Qué orgullo! Pero me queda claro que debo seguir aumentando mi coro, sobre todo de poetas… ¿Qué será para Manzano la poesía? Le pregunto, pero mi mente se ha puesto a rumiar versos. Enseguida, la voz del magister los trunca limpiamente…

 Hay dos tipos de expresiones poéticas. Una es lo que llamamos la poesía artística, un arte que se llama poesía, que es el de plasmar, por medio de palabras, el mundo interior. Pero existe un concepto de Poesía, con mayúsculas, que es superior al arte; es la visión antropológica del ser humano, el grado exponencial de la cultura, el estadio en el cual un ser humano alcanza una humanización mayor. Llegado a este nivel de desarrollo humanístico, en cualquier esfera, ya sea en el deporte, la ciencia, la cultura, la política, la religión, o cualquiera de las artes que no sea la poesía, se le puede llamar poeta a un individuo.

 Sonrío, impresionado por la justeza y concisión del concepto. Cualquiera diría que acaba de dictarse desde una enciclopedia; pero no podría el libro, ni de cerca, igualar la prestancia ni el sereno carisma de este hombre que me mira a los ojos mientras su pensamiento discurre en lo profundo. ¿Le dirá algo su condición de criatura de isla, de poeta de Isla?

Creo que la poesía cubana, por su carácter insular, tiende a la expansión. El universo tiene una estructura que se está expandiendo continuamente, según dicen físicos y astrónomos. La Isla no escapa de esas leyes, pero no solo en el sentido físico. Cuba es una nación y una cultura que se ensancha continuamente. Reducirla a sus litorales la empequeñece y disminuye. Aquí, los hombres y mujeres de cultura no pueden ser reductores, pues estarían mal situados. Su visión debe de ser holística. Fíjate si es así, que los que soñaron la nación cubana lo hicieron desde muy lejos. La primera palma simbólica del universo, no la real, claro está, la puso Heredia en medio de las cataratas del Niágara, en su poema magnífico, donde dice de pronto: Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista/ Con inútil afán? (…) las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,/ que en las llanuras de mi ardiente patria/ (…) Bajo un cielo purísimo se mecen?/ Él las estaba viendo, en medio de su aflicción de desterrado, entre los mismos rápidos del Niágara. Martí escribe sus Versos Sencillos en unos montes de Pensilvania, Baquero crea su obra más acendrada en Madrid, en fin, los ejemplos son muchos; y los símbolos. Luego de aquella oda de Heredia al prodigioso torrente, veremos peregrinar hacia el sitio, a lo largo del tiempo, a grandes poetas: La Avellaneda, el Indio Naborí, Eliseo Diego... ¿Y qué siente cualquier cubano ante al Niágara?: siente a la Isla; pues, como decían los origenistas, Cuba es infinita. No tiene límites. Los límites lo ponen los prejuicios, las convenciones humanas, las polaridades falsas entre personas e ideas, y todo eso es reductor, excluyente, disminuidor de la dignidad humana.

 Ahora, hay pasión en la voz de Manzano, y el énfasis vibrante que nace en su garganta, emociona y cautiva. No hay en él titubeos, ni gesto inútil ni palabra vacía, sino discurso prístino, puntos sobre las íes, conocimiento puro volviéndose enseñanza ante los ojos. Oyéndolo, con esa grandiosa sencillez cuyo recuerdo todavía me impresiona, siento el gozo cubano de saber que este hombre puede pararse y sentar cátedra, sin desmerecer, por los cotos del mundo, tengan la realeza que tengan. Pienso: ¡Isla grande!, y siento de inmediato el pinchazo de tantas cosas que me la hieren hoy: absolutismos, indolencias, desgastes, confusiones... ¿Debe reflejar eso, la poesía? El Magister responde:

 A larga, lo hará. No le quedará otro remedio. El único deber de la poesía es el de acompañarnos. Y si tenemos esos dolores, esas incertidumbres, ella estará con nosotros. No hay que pedirle que se coloque en la trinchera o se desplace tantos grados hacia la izquierda o hacia la derecha. No hay que obligarla a posicionamientos artificiales. A medida que el ser humano de esta época se llene de la época, la poesía tomará el timbre apropiado. Vivimos un período en el cual la nación cubana está sometida a grandes desafíos, a presiones históricas tremendas; prácticamente, hay que refundar la nación sobre nuevas bases. Y en ese acto de refundación, en busca de una completitud mayor, de una soberanía de verdad integral, la poesía no puede faltar. Pero no se puede tener una visión corta, reductora de la poesía, sino que hay que llevarla a un estado ecuménico y humanístico, y mirarla desde ahí. Aquellos que tienen una visión reductora del ser humano, podrán pensar que la poesía está desorientada, que ha escapado de la realidad y no está realizando su papel histórico. Le podrán hacer muchísimas demandas, pero serán demandas falsas, pues nacen de una posición superada. La visión del porvenir es que la poesía tiene el deber de buscar la dignidad humana en sentido general, más allá de los conceptos tradicionales de nación, patria, matria, o de cualquier cobertura de tipo local…

 Entre esos “reduccionistas demandantes”, abundan los que dicen que la literatura es, tal vez, inútil, pues no puede cambiar regímenes, sistemas, ni impedir injusticias…

 Sí. Algunos tienen esa opinión; sobre todo porque equivocan los puntos de vista desde los cuales abordan el análisis: el hecho de convertir al arte en una actividad ancilar de la política, está destinado al fracaso. La política mejor, la que estamos esperando y no llega, es la que vea al arte como uno de los componentes esenciales del mundo interior del hombre, que tiene tanta dignidad como amasar pan o pulir engranajes; es decir, como las actividades materiales más rotundas. La poesía es evanescente. Es un acto que nace de la interioridad del ser humano, pero tiene una influencia enorme. Con ella no puedes construir una casa, pero construyes el mundo interior de los que van a habitar la casa, y por lo tanto, le añades un ingrediente que jamás va a poner la arquitectura. Puedes construir una catedral, pero si los seres humanos que la utilizarán no están comidos del ansia humana de trascendentalidad y espiritualidad, no has hecho nada; pues quien enciende los cirios, en la noche del alma, es la poesía. Ella no puede disparar un cohete desde un punto de despegue. Para eso existen los combustibles especiales diseñados al efecto. Pero si no la ponemos en el cosmonauta que va en la nave, hay un desarrollo tecnológico y un concepto de progreso que no tiene sentido. No estoy descubriendo nada nuevo con esto, solo suscribiendo lo que dice Martí. Él es la brújula, el camino, el profeta al que hay consultar. Recordemos sus frases: “La poesía es más necesaria que la industria…”; “Un grano de poesía sazona un siglo”. Y es porque ella coloca ejes interiores que no puede colocar el dinero, ni la competencia de ningún orden, ni el poder institucional, burocrático, estatuido… Ningún Leviatán estatal redimió nunca la interioridad de cada individuo. Eso lo logra únicamente la Poesía, en el sentido antropológico. Esa redención puede ser por la música, la pintura, la arquitectura, incluso por una religiosidad bien entendida. Los caminos son muchos, porque, indudablemente, lo que se necesita es tener el pecho encendido.

 La carga singular de esta metáfora cala profundo en mí. Deseo, y mucho, formar parte de ésos que traen el pecho en llamas y luchan por avivarlas siempre. Me acordé de Galeano: “Somos fueguitos —escribió—, un mar de fueguitos”. Y quiero que mi fuego relumbre y encienda a los demás, tal como el de Manzano. Sé, sin necesidad de preguntárselo, que eso solo se logra trabajando muy duro y siendo cada día más humano. Pero sí lo interrogo sobre lo que no sé: sus metas y proyectos actuales.

 Acaba de salir un libro, por la editorial Sed de Belleza, formado por nueve entrevistas que me hicieron nueve poetas cubanos. Ellos me dieron la oportunidad de ofrecer mis perspectivas y puntos de vistas sobre la poesía, la literatura en general y la propia vida. Muchos de estos temas de los que hemos hablado están también allí. Trabajo en los tomos siguientes de la antología general de la poesía cubana, llamada El bosque de los símbolos, cuyo primer tomo, que abarca de Heredia a Martí, un volumen de 700 páginas, ya fue publicado en 2010. Faltan ahora los dos tomos del Siglo XX, que abarcarían aproximadamente hasta el año 1960. Quiero, además, escribir algunos libros de poesía y ensayo que me tengo prometidos hace mucho tiempo.

 Por ahora, la conversación va a cesar, pero está claro que no será la última: este diálogo será retomado por mí, en el grato silencio, al adentrarme en los veinte volúmenes que ya integran la obra publicada del poeta, lo iniciaremos juntos, otra vez, cuando lleguen a él algunas de mis líneas chavalas; será fiesta innombrable cuando volvamos a encontrarnos de frente, Magister y discípulo, sobre esta amada Cuba, ungidos para siempre con una sola voz y un solo corazón.

Sobre el autor:
Yamey González Escalona Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
Comunicadora del Departamento de Comunicación Cultural Ventana Sur
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