Sin lodos ni recelos.

He aquí la segunda entrega en prosa, de Evelio Antonio Traba Fonseca: El camino de la desobediencia, cuyo personaje principal es Carlos Manuel Perfecto del Carmen de Céspedes y López del Castillo, El Padre de la Patria.

Sin lodos ni recelos Evelio novela la vida del héroe que conocemos todos los cubanos, lo desacraliza, o mejor, lo humaniza todo, haciéndonos el favor de tener un padre mucho más cercano, posible, querible.

Traba es conocido en Cuba como el único cubano ganador del Accésit del Premio Latinoamericano y Caribeño de novela Alba Narrativa 2012, con la novela La Concordia, su primer proyecto narrativo ambientado en la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX en la Ciudad de Bayamo. Hasta ese momento era también el más joven laureado con solo 27 años.

El camino de la desobediencia, editada recientemente por la editorial Verbum de España, se encuentra también en la página web de la empresa y se vende como e-book. 

Dejemos que sea el propio Evelio quién a vuelta de e-mail responda a las inquietudes que podamos tener sobre esta entrega.

¿Cuán arriesgado resulta someter a la figura del Padre de la Patria a las fabulaciones? ¿En qué clase de problemas puede meterse un joven narrador que intenta dar una imagen próxima a la realidad sobre una figura, hasta cierto punto, "intocable"?

El miedo de toda idea germinal radica muchas veces en morir con tallo de lechuga. Ese terror de la zozobra es el mismo impulso que más tarde lleva a un escritor a la exploración salvaje de un territorio cuya cartografía imaginativa está fundándola él y solo él. Cuando se escoge para la ficción a una figura real y de un peso abrumador (en el mejor de los sentidos) como es el caso de Céspedes, el miedo inicial es pánico en estado puro. Sin embargo, cuando el escritor es capaz de mirar a los ojos a su modelo, cuando es capaz de sostener una indagación honesta más allá de los clichés y los estereotipos, entonces surge el milagro y aparece toda una cábala de símbolos y alegorías, ocultas tras la piel del personaje, en este caso de talla mayor, pero sin dudas comunes a cualquier ser humano. Porque todo ser humano, más allá de su preponderancia o su anonimato, es un curioso reservorio de éxitos y fracasos, de contradicciones y certezas meridianas. Esta elección de Céspedes como personaje de ficción se complica aún más en el momento en que decido usar para la novela el tono narrativo de unas memorias, que necesariamente implican el uso de la primera persona. Y entonces el reto era el siguiente: ¿En qué términos pudo Céspedes (y este es un plano puramente intuitivo) redactar unas memorias íntimas que de algún modo lo justificasen ante sí mismo y su entorno de afectos cercanos? Responder esta pregunta como narrador resultó de una complejidad que solo podría clarificar el estudio pormenorizado de su impronta en la historia y la reconstrucción de su perfil psicológico (siempre inexacto), apegado este último a la humanidad del hombre real. Y en estas indagaciones estuve trabajando en verdad hasta los últimos momentos de la revisión final de la novela. En lo personal yo sabía que estaba pisando, un terreno minado por varias razones. La primera radica en que Céspedes es una figura canónica de la Historia de Cuba y la clave estaba en recrear una visión de su vida que se apartase tanto de la visión oficial como de la encarnación caricaturesca del chisme y la invención gratuita. Ni santo ni rufián, ni casto ni excesivamente lujurioso. Un justo medio creíble y hasta deseable, para un lector que intuye, que más allá de la egregia figura del Padre de la Patria, se esconde un hombre no menos falible ni vulnerable ante el destino que cualquiera de nosotros. Las razones subsiguientes se hallan asociadas al miedo al fracaso: que me fueran a “despedazar” los entendidos, que fuese a crear, luego de años de trabajo una imagen alejada de la verdad histórica y sobre todo, alejada de la sensibilidad cespediana. Y en el camino me fui convenciendo de lo siguiente: ningún “entendido” o “autoridad” sobre Céspedes es dueño de la figura y por tanto nadie tiene sobre él la última palabra. Aparejado a esto me persuadí también de algo importante: un escritor, un artista, por utópico que sea el reto que se ha impuesto, no debe pedirle permiso a nadie para existir, no anda disculpándose por elevar su voz. Escribe y punto. Ambas certezas pude comprobarlas en el momento de mi camino en que pude conocer a Rafael Acosta de Arriba, un cespediano de calibre mayor, pero sobre todo abierto y flexible en su mirada sobre el prócer, un intelectual orgánico convencido de que Céspedes es y será uno de los grandes misterios de la nación y de que la sensibilidad poética es tal vez el lente más apropiado para acercarse a un hombre enigmático y seductor como él.

Una vez derribados los miedos que se derivan de percepciones y recelos siempre ajenos, comencé a trabajar en mi novela a base de visiones puramente intuitivas a partir de lo históricamente comprobado. Quise ver y vi. Quise gozar y la aventura no pudo ser más placentera. Viví con un pie en el siglo XIX y otro, muy mal afincado, por cierto, en el XXI. Sé que voy a enfrentar detractores que han prometido descaracterizar la novela sin haberla leído siquiera. Pero me atreví a soñar, y no manché de lodo mi almohada mientras soñaba. Me gusta ser honesto en lo que digo y en lo que hago, y por tanto, aunque pueda parecer duro e hiriente, esta es la verdad: fui mirado con recelo, fui tildado de arrogante por algunos. Pero muchos, muchos más fueron los que sumaron su buena voluntad a mi empeño. Y lo asumieron como suyo. Y es en ellos en quienes deposito toda mi alegría y mi esperanza.

¿Por qué Bayamo es recurrente en el discurso literario de Evelio como trasfondo?

Cuando pienso en Bayamo, sucede en mi mente una especie de juego calidoscópico en donde se mezclan imágenes del Bayamo de hoy (con muchos rostros queridos por cierto) e imágenes del Bayamo del pasado. Y es que mientras viví allá, pasaba mucho tiempo, como Rilke, preguntándome ante cualquier fachada o esquina: “Antes de esto, ¿qué hubo aquí?” En ese—llamémosle juego— nació mi pasión por novelar una ciudad perfectamente novelable. Decidí entonces apostar por una ciudad, que más allá de lo heroico, bien pudiese sostener su trascendencia en sus mitos, en su oralidad, en sus sitios en donde el irrespeto atroz del tiempo no parece surtir efecto. Y aparece y aparecerá en mi obra sobre todo porque es un lugar de evocación metafísica, porque es el lugar donde mis ancestros, tramaron sin saberlo, cada hebra de mi destino. Y porque es la patria pequeña a donde vuelvo en sueños. Y sobre todas las cosas, porque aunque quisiera, no puedo cortar ese cordón umbilical invisible que me lleva de regreso a mi nacimiento, e incluso a lo que estuvo antes de mi nacimiento.  Resulta ese, pues, el sitio donde se unen mis primeros aprendizajes, mis primeros amigos, mis primeras páginas, en fin todo lo que tiene que ver con la formación de mi sensibilidad y mi pensamiento, la esencia primigenia de toda inquietud, de toda inconformidad que lleva a crear y a creer…lo que está en el centro de mi vida real, también está, aunque con otros retoques, en mi vida ficcionada. Allí tengo una tumba (la de mi abuela Ana Justina) a la que acudir con veneración, personas muy queridas de mi familia, amigos sinceros a quienes abrazar, allí está todo lo que me dice quién soy, desde cualquier parte del mundo donde sea capaz de formularme esta pregunta.

¿Dónde dejó el novelista al poeta fervoroso seguidor de Rilke, acaso detenido en el tiempo o tomando  distancia e impulsos?

Creo que tomando distancia e impulsos, como acertadamente dices. La novela ha producido cambios tan trascendentales en mi manera de ver el mundo, que ahora la poesía que tengo escrita, y la que tengo aún por escribir, se enfrentaría a otras exigencias, a otras lealtades. Pero es algo que no desaparece ni se debilita, es incluso una especie de combustible primario sin el cual no puede prender la combustión de la novela. Hay otro libro de poesía en la necesaria hibernación de su gaveta: El pájaro aturdido por la piedra. En esos versos que nadie ha visto, mi respiración es otra, mis urgencias también, la pupila que contempla es otra, el mundo contemplado tiene otros matices de cambios….Reinventarme sin negar mi esencia es una de mis grandes preocupaciones como autor, y ese acto de mudar de cáscara o de piel es inconcebible sin la poesía como dualidad lente/ imagen.

¿Hacia dónde dirige ahora Evelio Traba sus desvelos creativos?

Me gusta mucho esa palabra “desvelos”, sobre todo porque retrata mi actitud, que es en sí la de muchos creadores: siempre estoy mirando hacia muchas direcciones y nutriéndome de todo lo que sucede en mi entorno perceptual. Esa necesidad de construir caminos nuevos, de aventurarme hacia territorios sobre los que no  existe mapa alguno, es una de mis grandes motivaciones. Me aterra permanecer en un mismo sitio donde todo lo que se hace descansa sobre la base de destrezas anteriores, de hábitos que hacen parecer novedoso un ejercicio  que de antemano  se conoce de memoria. El terreno de lo seguro representa  un carcinoma para la  capacidad inventiva de cualquier artista.  En este momento, estoy a punto de terminar un libro de relatos titulado Recados en la niebla (Antología de Puerto Alacranes), en donde incursiono en la narrativa de corte fantástico, y con elementos del mundo contemporáneo más reciente. Un verdadero reto para mí de acuerdo a los temas que abordo pero sobre todo a la estructura técnica del libro, de cuya funcionalidad no estoy del todo seguro. Una vez terminado este libro me urge empezar a escribir una nueva novela cuyo sistema de personajes y argumento ya están delineados. Es tal vez lo más complejo y demandante que me haya propuesto escribir. El tema migratorio y la supervivencia lejos de una zona de confort son el plato fuerte de este nuevo texto. Después de esto, si otros proyectos no se interponen, te aseguro  tengo material para cinco o seis años de trabajo. Constantemente estoy haciendo anotaciones o investigando posibles temas. Creo que tengo una idea bastante clara de hacia dónde voy. Lo interesante, y que de paso me hace muy feliz, es que no sé cómo llegar. Tengo que fabricar una brújula distinta para cada viaje. Tras la selva virgen de lo desconocido, duermen agazapados los caminos. Si de algo estoy seguro es de eso.

 

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