Los valores una necesidad urgente

Uno de los temas más traídos y llevados en esta época, no solo en el debate popular del día a día, sino en espacios intelectuales propiciados para el análisis, es el de los valores y antivalores en la sociedad cubana actual.

Quien quiera sumarse a este debate tan importante ha de asumir la complejidad de este tema que se mueve por varias disciplinas ya sea en lo psicológico, lo sociológico, económico, cultural y teológico. Esta aclaración es necesaria porque a veces determinadas posiciones pueden simplificar o subvalorar el impacto del problema en la sociedad, un ejemplo de esto es pensar que las mejoras económicas en la vida cotidiana de cada ciudadano erradicarían por si solas determinadas actitudes e indisciplinas sociales que vemos a diario pues, aunque las consecuencias están condicionadas en una gran parte por el deterioro de la vida del cubano en los últimos veinticinco años, las posibles soluciones deberán moverse —como dice Graziella Pogolotti en su artículo Educación ¿formal?-: “[en] los fundamentos verdaderos de la buena educa- ción, válidos ahora y siempre, [y que] nacen de dentro hacia afuera”.

Propiciar ayuda al necesitado, respetar las diferencias de todo tipo, asumir determinadas actitudes cívicas contra la vulgaridad, la violencia, el sálvese quien pueda y un individualismo atroz para algunos pudiera ser una quimera o una nota humorística justo cuando la pregunta es ¿qué país y valores vamos a legar a las futuras generaciones? Esas futuras generaciones que son ese pequeño niño o niña que es hijo, nieto, primo, hermano, vecino, en fin; futuras generaciones no es algo abstracto, sino algo querido en la mayoría de los casos.

Otra pregunta para muchos sería ¿qué hacer? Esta breve pregunta no necesita una respuesta; sino muchas, las que seamos capaces de construirnos. Respuestas que nazcan con una profunda necesidad de cambio, que vayan ante todo contra la indiferencia, a veces institucional o individual. Una indiferencia que es a la misma vez una falta de fe, como también del sentido que tenga nuestra vida a veces construida inefablemente desde un vale todo hacia lo material y por lo material. Vivir desde la sobrevivencia en el día a día deja siempre sus huellas negativas. Es fundamental que la misma sociedad junto a sus instituciones vayan corrigiendo actitudes, si no cómo explicar que determinadas expresiones vulgares, se conviertan para muchos en una norma de vida, que la palabra «lucha» sea una justificación de otras que son condenables en cualquier sociedad.

La complejidad de un tema como los valores propicia ejemplos no generales pero si ilustrativos, una maestra que por indicación enseña en el aula la importancia de frases como buenos días, con permiso, por favor, gracias y a la misma vez pone apodos a los niños por su físico o ser desventajados intelectualmente; una persona que presta servicios a la población y no se tiene en cuenta para su empleo sus valores educacionales. Las personas son víctimas de lo vulgar y el irrespeto y apenas se percatan, lo tienen como algo normal, y en el peor de los casos lo asumen como paradigma.

Las  innumerables  instituciones educacionales, culturales y religiosas centradas ante todo en la familia, son las que propician los sentidos para una mejor forma de vivir que vaya —otra vez citamos a la Pogolotti— al “mandamiento básico para toda vida en común: «respetaos los unos a los otros». Estas instituciones son fundamentales y más cuando el funcionamiento del espacio familiar falla, y ese lugar donde se generan los valores esenciales que se trasmiten de generación en generación, se convierte en un espacio donde prevalece la violencia y determinados antivalores que marcarán para siempre a sus integrantes. La necesidad de perfeccionar el trabajo educacional, el rigor y exigencia a los maestros no solo desde el punto de vista cognoscitivo y pedagógico, sino también educacional, ser ese evangelio vivo en su actuar constante ante sus alumnos. No subvalorar el trabajo de las instituciones culturales que aportan también un sentido estético de la vida y valores esenciales desde una política cultural que necesita ser apoyada, financiada y ubicada en su justo valor de importancia para la sociedad; así como desterrar esa mirada prejuiciada —principalmente de las personas no creyentes— hacia las instituciones religiosas que desde su trabajo diario aportan también valores éticos desde sus espacios de participación; serían en mi opinión algunas de las posibles soluciones para un problema sumamente complejo y tan urgente. El camino más claro para una mejor sociedad debe estar marcado siempre desde el diálogo y el respeto, aceptar la diferencia, así como el cultivo del talento y la virtud.

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